10 años después del fin de la política del “hijo único”, la campaña de China para fomentar la natalidad no convence
Welkin Lei ha estado haciendo algunos cálculos rápidos en servilletas de papel en su tiempo libre.
Mientras este hombre, de 30 años, originario de Beijing y su esposa sopesan la posibilidad de tener un segundo hijo, se enfrentan a la cuestión de los recursos. Cuidar de su hijo, de tres años, requiere contratar a alguien que lo atienda mientras trabajan, y la pareja, ambos hijos únicos, también están pensando en el futuro, cuando tendrán que compaginar la crianza de sus hijos con el costo y el tiempo que implica cuidar de sus padres ancianos.
Si bien estas consideraciones no son infrecuentes en todo el mundo, también se encuentran en el centro de uno de los mayores desafíos a largo plazo que enfrentan los líderes chinos: incentivar a los jóvenes del país a tener más hijos después de décadas de un estricto control de la natalidad impuesto por el Estado, que ha distorsionado la demografía del país.
Lei cree que se podría hacer más, especialmente en lo que respecta al apoyo financiero que el Gobierno ofrece a las familias. “Si queremos animar a la gente a tener más hijos ahora, necesitamos invertir el mismo esfuerzo y compromiso, o incluso más, para lograrlo”, afirmó.
Este 1 de enero se cumplieron 10 años desde que China eliminó su polémica política del “hijo único”, después de que el Gobierno se diera cuenta de que la disminución de la tasa de natalidad amenazaba con frenar el crecimiento de la segunda economía más grande del mundo.
Sin embargo, este cambio histórico, junto con una serie de medidas para alentar a las parejas a tener más hijos, no ha logrado impulsar el crecimiento demográfico.
La población de China se redujo en los tres años previos a 2024. Un ligero repunte en los nacimientos ese año no fue suficiente para superar el número de muertes, y no se espera que esta tendencia se mantenga.
Las personas mayores de 60 años representan ahora más del 20 % de la población de 1.400 millones de habitantes y, según las proyecciones de las Naciones Unidas, podrían llegar a constituir la mitad de la población para el año 2100, una realidad con implicaciones potencialmente trascendentales, no solo para la economía china, sino también para sus aspiraciones de rivalizar con Estados Unidos como potencia militar.
El líder chino, Xi Jinping, ha destacado la necesidad de la “seguridad demográfica” y ha convertido el “desarrollo de una población de alta calidad” en una prioridad nacional. Los analistas prevén que se implementen más políticas o incentivos para fomentar la natalidad y el matrimonio en el próximo año.
Pero muchos en China afirman que impulsar la natalidad implica abordar problemas fundamentales como el alto desempleo juvenil, el elevado costo de criar hijos y lo que se percibe como una carga injusta para las mujeres en la crianza de los hijos.
Además, existe el legado directo de la política del hijo único, que dejó a China con un desequilibrio de género y una generación de hijos únicos que ahora son los únicos responsables del cuidado de sus padres ancianos en un país donde la red de seguridad social sigue siendo deficiente en muchos lugares.
Por eso, Lei afirmó que, a pesar de tener un trabajo estable en una empresa financiera, está profundamente preocupado por el futuro.
“Sé que, por mucho que ahorre para el futuro, tendré que contratar a los hijos de otras personas para que cuiden de mis padres en su vejez”, dijo. “Dada la forma en que se está desarrollando la sociedad, dudo que pueda permitírmelo en el futuro”.
Durante décadas, Beijing reprimió los nacimientos “excesivos” con un vasto e implacable aparato gubernamental que vigilaba a los ciudadanos y los presionaba para que tuvieran menos hijos, incluso mediante una avalancha de propaganda, acoso y fuertes multas, así como abortos y esterilizaciones forzadas.
El objetivo de la política del “hijo único”, promulgada oficialmente en 1980, era controlar el crecimiento demográfico descontrolado de China, que los funcionarios de la época temían que pudiera poner en peligro cualquier esperanza de sacar al país de la pobreza.
Ahora, las autoridades temen que China envejezca antes de enriquecerse, una serie de circunstancias que la distinguen de otras naciones con poblaciones envejecidas como Japón y Corea del Sur, que se enfrentan a retos demográficos cada vez más graves con economías más desarrolladas que la de China.
En un giro sorprendente, las autoridades chinas han impulsado una política pronatalista, promoviendo el matrimonio y la natalidad —para parejas heterosexuales— como elementos clave para el futuro del país. Para dejar clara esta nueva orientación, a partir de este 1 de enero el país comenzó a aplicar el impuesto al valor agregado a los condones y otros anticonconceptivos.
En los últimos años, las autoridades locales han experimentado con diversas medidas de incentivo, desde exenciones fiscales y ayudas financieras para la compra y el alquiler de viviendas hasta subsidios en efectivo y la ampliación de la baja por maternidad. En las redes sociales, algunas mujeres también han denunciado haber recibido llamadas telefónicas de trabajadores sociales preguntándoles sobre sus planes de tener hijos, lo que ha generado preocupación ante la posibilidad de que estas políticas se tornen coercitivas.
Más recientemente, el Gobierno central chino ha tomado la iniciativa. Durante el último año, ha implementado bonificaciones anuales de 3.600 yuanes (aproximadamente US$ 500) para familias con hijos menores de tres años, ha modificado las normas para simplificar el registro matrimonial y ha puesto en marcha un programa de educación preescolar pública gratuita.
Beijing ya anunció que su objetivo es eliminar los gastos que deben afrontar los padres para los partos en hospitales en 2026 y, el mes pasado, publicó un borrador de ley para regular mejor los servicios de cuidado infantil.
Sin embargo, muchos consideran que los beneficios, hasta ahora, apenas compensan los costos reales de criar hijos en China que, según un estudio de 2024 del Instituto de Investigación de Población YuWa, con sede en Beijing, es uno de los lugares más caros del mundo para criar un hijo, en términos relativos.
“El costo de criar hijos en las grandes áreas urbanas es simplemente demasiado alto y los subsidios parecen una gota en el océano”, dijo a CNN Mi Ya, de 34 años, que cría a su hijo, de nueve años, en Shanghái, el centro financiero del país.
“No incentivan el deseo de tener un bebé”.
Mientras tanto, según Mi, quien usó un seudónimo para hablar con CNN sobre un tema delicado, la política del hijo único ha cambiado la perspectiva de una generación.
“La gente se ha dado cuenta de que tener un solo hijo también puede ser un estilo de vida y una estructura familiar aceptables”, afirmó.
Para muchos jóvenes chinos que alcanzaron la edad adulta durante y después de la pandemia de covid-19, las medidas políticas para promover la natalidad son irrelevantes, ya que están luchando por su propio sustento.
El desempleo juvenil se ha mantenido persistentemente alto en los últimos años, mientras que un número récord de graduados universitarios tiene dificultades para encontrar trabajo en una economía en desaceleración que también se ha visto afectada por una serie de medidas represivas del Gobierno contra las industrias privadas.
Zhou, un ingeniero, de 27 años, declaró a CNN que le encantaría encontrar pareja y formar una familia, pero a pesar de tener trabajo todavía depende de sus padres para llegar a fin de mes en Hefei, capital de una provincia, en el este de China.
“La situación económica es tan precaria en este momento que la gente necesita poder ganar dinero primero. Si no puedes ganar dinero, ¿cómo te atreves a tener hijos?”, dijo Zhou, quien prefirió ser identificado solo por su apellido para expresar sus preocupaciones. “El Gobierno necesita encontrar maneras de solucionar estos problemas económicos”.
La baja tasa de matrimonios en China también es un obstáculo para el aumento de la natalidad. Y muchas mujeres jóvenes lo ven como algo positivo, ya que prefieren centrarse en sus carreras y rechazan las normas de género arraigadas que obligan a las mujeres no solo a trabajar a tiempo completo, sino también a encargarse de la educación de sus hijos en el sistema educativo altamente competitivo de China.
“No quiero vivir mi vida solo para tener hijos; quiero vivir para mí misma”, declaró a CNN una estudiante de máster, de 24 años, apellidada Liu.
El desencanto con el futuro —y la consiguiente reticencia a tener hijos— se ha convertido en un lema para muchos en China, especialmente durante la pandemia, cuando el Gobierno implementó medidas estrictas para frenar la propagación del virus.
En ese entonces, “Somos la última generación” se convirtió en un eslogan viral después de que un residente de Shanghái utilizara la frase en una discusión grabada en video con la policía que hacía cumplir las medidas de confinamiento en la ciudad.
Los crecientes desafíos demográficos de China son el resultado de una combinación de factores. La huella demográfica de la política del “hijo único” exacerba las tendencias observadas en otros países que han lidiado con la disminución de las tasas de natalidad, vinculada al aumento del nivel educativo, los cambios en la concepción del matrimonio, la rápida urbanización y el mayor costo de criar hijos.
En China, el rápido cambio demográfico pone en riesgo los objetivos a largo plazo de Beijing de impulsar el consumo interno, reducir la elevada deuda y mantener su papel como potencia manufacturera mundial.
Yanzhong Huang, investigador sénior de Salud Global en el Consejo de Relaciones Exteriores, afirmó que el impacto económico de la disminución de la fuerza laboral y la base de consumidores del país, así como el futuro costo de atender a una población anciana en constante crecimiento, sería “profundo”.
Hasta ahora, las políticas para impulsar la natalidad han sido, en el mejor de los casos, meramente simbólicas, y no han abordado los problemas fundamentales del alto costo de la crianza de los hijos y una red de seguridad social deficiente, añadió.
Beijing ha tomado medidas para reformar su sistema de pensiones, incluyendo el aumento gradual de la edad de jubilación. Bajo el mandato de Xi Jinping, el país también busca otra solución para su fuerza laboral en declive: la sustitución de la mano de obra humana por robots mediante la automatización de sus fábricas.
Estas medidas pueden ayudar a su economía a sobrellevar el impacto demográfico. Sin embargo, en lo que respecta a impulsar sustancialmente las tasas de natalidad o regresar a los tiempos de millones de nacimientos anuales, los expertos se muestran escépticos sobre las posibilidades, incluso si las medidas políticas logran mitigar la disminución.
“Si hubiéramos cambiado la política del ‘hijo único’ hace 20 años, la situación sería mucho mejor. Ahora es demasiado tarde”, afirmó Yao Yang, decano del Instituto de Finanzas Avanzadas Di-shui-hu de la Universidad de Finanzas y Economía de Shanghái. Si bien puede haber fluctuaciones y cierta estabilidad en los próximos años gracias a un mayor apoyo político, a largo plazo y por diversas razones “la caída de la tasa de natalidad es irreversible”, añadió.
Para muchos que vivieron bajo esta política, esta reflexión les hace pensar en lo que podría haber sido.
“En mi generación… muy pocas personas consideraban tener un segundo hijo”, comentó Song Min, de 57 años, de Beijing.
Décadas después, Song, madre de un solo hijo, reflexionó que habría tomado decisiones diferentes si hubiera tenido la libertad de hacerlo.
“Siento que la política del ‘hijo único’ limitó mucho mi forma de pensar en aquel entonces. Pero, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que en realidad me habría encantado tener varios hijos, no solo dos”.
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